lunes 29 de marzo de 2010

Los domingos en la quinta

El viento soplaba fuerte y arremolinaba la hojarasca del temprano otoño, dos ovejeros mordisqueaban una pelota y corrían por el inmenso parque.
-Esos perros de mierda están arruinando todo el pasto- dijo Néstor.
Daniel asintió con la cabeza y se acerco al ventanal.
- ¿Te gusta el otoño?- preguntó Néstor.
- Un poco- respondió sin gracia Daniel. Su mirada se clavaba en el vacio.
- A mi me gusta mucho. ¿Sobre todo sabes lo que me gusta? me gusta el olor, sentí. Son los fogones quemando las hojas secas.
- Si, dijo Daniel. En su voz se percibía resignación.
- ¿Que te pasa, loco? – preguntó Néstor. – ¿No estás contento?
- Si, que se yo- respondió Daniel, mientras se rascaba el brazo derecho.
- ¿Entonces? ¿Sabes cuanta gente quisiera estar en tu lugar? La meca de todo político, el premio mayor, loco. Preguntale a Aníbal.
- Si, ya me lo dijo. – respondió Daniel. – ¿pero sabes que pasa? Yo nunca pensé que iba a ser así.
- ¿Así como?
- Así.
- No seas pelotudo, querés. – dijo Néstor, un tanto irritado.
- No soy pelotudo. Son mis amigos. Y ahora voy a tener que competir con ellos. Es terrible tener que competir con tus amigos.
- ¿De que mierda estás hablando, Daniel?
- Del Lole, del cabezón.
- Ah. No lo había pensado. Claro.
Daniel, Miró su reloj, se volteó y salió en silencio.
Néstor se quedó frente al ventanal.
-¡Perros hijos de puta! –dijo. Los ovejeros ya no corrían en el parque.

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